LA PRIMERA VEZ QUE SUPE DEL INDIO FUE POR LA MOCHILA DE LUIS

Ese esqueleto vivo que levanta las cadenas me interpeló en la fila de saludo a la bandera una tarde cualquiera cuando me tocó esperar detrás de Luis. Leí: “OKTUBRE” tratando de entender el uso de la K cuando me habían enseñado que la palabra se escribía con C. A ello se sumó una frase que no recuerdo bien, pero que hablaba de luz en una mochila oscura como la piel de quien la cargaba con el orgullo de sentirse representado.

En un colegio católico de Florencio Varela, las monjas nunca hubiesen permitido que un niño llevara un cadáver estampado en su mochila, pero esa vez pasó desapercibido para ellas, cristianas, pero no para mí, cristiana y curiosa.

Esa fue la primera vez que el simbolismo me interpeló, mucho antes de escuchar alguna canción, de discernir la poesía y de mover los pies al ritmo de nuestro rock nacional. A mis 9 años pensaba: las cadenas alzadas solo significan una cosa: “necesidad de liberación” y esa imagen aterradora del esqueleto me conmovió. No era una cadena suelta, era la fuerza de una mano huesuda quebrando su atadura con dolor, luchando, venciendo al fin y quizás muriendo al mismo tiempo.

Muriendo. ¿Cómo se sentirá Luis hoy? ¿Cuánto se habrá doblado sobre sí mismo en su interna misa para llorar a quien le dio identidad, reflexión y convicción?

Me pidieron que escriba sobre el Indio, pero es tanto el respeto a la verdad de quienes creen en él, que no me animé. En lugar de eso, busqué en mi memoria y encontré la escena del primer creyente que me lo presentó: un niño que cargaba en sus hombros el peso, sin perder la fe.

La primera vez que supe del Indio fue por la mochila de Luis.

Por Flor Sosa